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jueves, 1 de febrero de 2018

REBECA GUMP

Llegué muy exhausta por culpa de salir corriendo de la nave abandonada que usaban de corral, como si me hubieran pinchado con una enorme aguja en el trasero: «¡Corre, Rebeca! ¡Corre!», escuché gritar a Jenny mi nombre. Lo hice hasta que no pude más. Llegué a un parque retirado y me senté junto a un desconocido que acababa de hacer uso del pipican. Estaba tan exaltada que empecé a hablarle sin más, yo misma levanté el telón de lo ocurrido.
       —¡Ja! ¡Me parto el cencerro! Tontas, muuuuuuuu tontas son las personas. ¿Sabes? Doscientos quilos de carne prieta, con dos buenas ubres como verás, —me las palpé para que las viera muy bien, siempre he estado orgullosa de ellas—  muy bien puestas,  y con mis redonditas caderas… He sido capaz de escaparme de ellos, sin más, al más puro estilo Houdini. Seguro que todavía están preguntándose cómo lo he hecho. ¡Qué carajo! Fijo que todavía no se han dado ni cuenta.
       El extraño me miraba atónito, y el inicio del relato le provocó curiosidad. Se mantuvo expectante.
       —Como te iba diciendo, amiguito. ¿Cómo pude huir sin que nadie se diera cuenta? ¡Humanos! Normal que compliquen todo lo que tocan y se preocupen más de los números que de lo que tienen frente sus narices. ¡Es que son muy torpes! En fin, colega, esto de la libertad sienta fenomenal —suspiré de alivio—. ¿Sabes de algún lugar de acogida donde pueda comer gratis? Con la carrera he agotado todo el combustible.
       No apartó la vista de mí en ningún momento; permanecía con los ojos bien abiertos, ciertamente alucinando, tanto que me hizo sentir un pelín incómoda.
       —¡Coño, una vaca que habla! —exclamó el jodido caniche.
       No pude aguantarme, mugí de la risa. Siempre me han parecido egocéntricos los animales domésticos: sus peinados pijos, su ropita de invierno, y esas chuches tan molonas que suelen recibir cuando se portan bien. En fin, me levanté y  lo dejé ladrando. Proseguí mi marcha. No estaba dispuesta a salir de Málaga para terminar en Malagón.