Buscar:

jueves, 1 de febrero de 2018

EL QUINTO BESO

Allí estaba yo, esperando en la esquina de la Calle Maestro Caballero, frente al viejo autocine Oasis, ahora reconvertido en el centro de belleza Shin Xiun, el más grande de la ciudad; estos malditos chinos hacen copia de todo. Lo único que tenía claro era que la voz que me había citado allí mismo, era de una mujer joven. Cuando conversé con ella, me resultó tan agradable y excitante, que no tardé en anotar en mi agenda los detalles para la reunión, y aunque en un principio todo me pareció extraño, decidí descubrir qué había tras aquella llamada misteriosa. Bueno, soy muy curioso, y las citas a ciegas me ponen. Era tarde y no había cenado, aunque es cierto que poco antes intenté saciar mi sed con dos rubias y una morena de doble malta, soy etílicamente promiscuo. Parecía un paleto allí plantado, un polluelo huido de su nido, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y mirando de un lado a otro intentando descubrir a mi contacto. Me alegró su puntualidad, aunque me puso mucho más contento su aspecto: era morena, sus ojos claros alumbraban más que la luz de la farola de la calle,  de bonito físico repleto de curvas; su mirada, simplemente seductora.
            —¿El detective Esteban Cortés? —me preguntó.
            Tardé unos segundos en responder, más bien porque me pareció una pregunta muy estúpida: «¿Quién coño iba a estar plantado allí a esas horas si no era yo?», pensé. Le di la última calada al cigarro que me acababa de liar, y aunque me dolió en el alma tener que tirarlo casi entero, lo hice por educación.
            —Eso es lo que pone en mi tarjeta de visita —le dije de forma muy seca, sin apartar la mirada de sus ojos, en tono serio y haciéndome el interesante. En realidad se me da muy bien hacerlo, siempre me han dicho que soy algo chulo, pero lo llevo metido en los genes—. Tú dirás —le dije esperando una explicación.
            —Siento mucho haberle citado…—no pudo terminar la frase, la interrumpí.
            —Tutéame, por favor.
            Tomó mi petición al pie de la letra, y se acercó a mí, tanto que no pude evitar que el agradable olor de su perfume despertará la pituitaria de mi entrepierna. Demasiado tiempo sin hacer nada…
            —Siento haberte citado aquí —corrigió—; me hospedo en aquel hotel —señaló con su dedo índice—, si te apetece, hablamos mejor allí.
            Uno, dos, tres segundos tardé en aceptar aquella proposición. No parecía muy profesional por mi parte subir hasta la habitación de un cliente al que todavía no conocía en profundidad, pero qué huevos, estaba cansado de estar de pie y necesitaba echarme algo al estómago; a esas horas todo estaba cerrado. Tardamos nada en llegar a su residencia, y una vez allí, sin que ella me diera permiso, me senté en el sofisticado sofá de piel. Mis posaderas agradecieron la comodidad.
            —¿Empezamos, señorita…? —dije.
            —Mónica Suller —para mí se llamaba Marilyn, le pegaba mucho más ese nombre; toda una femme fatale.
            —¿Y qué necesitas de mí? —me estaba cansando de tanto misterio.
            —Busco «El Primer Beso».
            Ni me lo pensé. Levanté mi culo del sofá y con destreza me escurrí entre sus brazos. Cuando noté que la tenía bien sujeta por la cintura, acerqué su cara a la mía y la besé; mi lengua persiguió la suya, no tardé en capturarla. Fue un sentido eléctrico, pero muy placentero.
            —¿Y bien?¿Te ha gustado para ser el primero? —pregunté con cierta chulería.
            Mónica no contestó. Retrocedió un par de pasos y después soltó la bofetada más fuerte que jamás me haya dado una mujer. Luego sonrió, divertida por mi atrevimiento. La verdad, yo no entendía nada de aquello.
            —¡Estúpido! Hablo de «El Primer Beso», la obra de William Adolph Bouguereau —dijo de forma alterada— ¡No está! ¡Ha desaparecido! ¡Tiene que encontrar el cuadro!
            Ni idea, me encogí de hombros y volví a sentarme en el sofá. La literatura, la pintura… todas esas chorradas no era lo mío.
            —¿Y por qué debo hallarlo? —le pregunté con indiferencia; tras la bofetada acababa de dejar mi ego como un colador, y no me interesaba el asunto.

            No obtuve respuesta. Se acercó hasta el sofá, se echó encima de mí y me besó de manera muy pasional. Ojalá no lo hubiera hecho nunca, terminar entre sus piernas me costó muy caro. Por eso os cuento esta historia desde aquí, desde la comodidad de mi celda, la número treinta y dos,  mientras mi compañero caga frente mis narices y ojea a la vez una vieja Interviú. Todo fue una trampa. Quizá en otro momento os cuente lo que en realidad pasó, pero la culpa de todo no fue el primer beso; a partir del quinto me involucré sin quererlo en la trama.