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domingo, 25 de febrero de 2018

SIN ARREPENTIMIENTO


¿Quién soy? Mi nombre en realidad no importa nada; ni mi edad, tampoco mi coeficiente intelectual. Hablan de mí los cuarenta y seis barrotes de acero, forjados con rabia, a los que cada mañana miro con desgana por culpa de la inhumanidad; la diminuta ventana por la que el sol intenta colarse para recordarme de manera muy ruin y continua que fui yo; lo reconozco, lo hice y lo volvería a hacer una vez tras otra, si fuese necesario, que lo fue; lo juro, aunque habéis hecho que mis palabra a estas alturas no valgan nada. ¿Qué son veinte puñaladas? ¡Un descanso eterno! Para él más que para mí, porque seguro que su alma está con los de su calaña, bailando al ritmo de un sucio rock, con el alcohol entre sus venas, incendiando aún más si cabe el mismísimo infierno. Y puedo asegurar que no estará sufriendo: apuesto a que bromea y ríe a la vez que juega al Póker, mintiendo sobre su jugada perfecta, o tal vez haciendo trampas, que es lo que más le gustaba y solía hacer, mientras imaginaba en su cabeza qué nos haría al regresar a casa. De verdad, ¿Todavía creen que me porté como una canalla con él? ¿En serio? ¿Así lo piensan? Me es difícil olvidar sus asquerosas babas resbalando por la frágil piel de mi hija; un polluelo en la boca del cánido. Y cuando me recuerdo acuchillándolo…no era yo, se trataba de una madre en alerta, defendiendo a su hija. En tal caso y como dije al principio: no me arrepiento, lo volvería a hacer.




LA NAVE


—Tío ¿De verdad sabes hacerlo?
—Claro, joder. Ya sabes, en las pelis se rompen dos cables que hay bajo del volante; los empalmas y voilà.
—¡Pero esto es una puta nave espacial! ¡Tecnología extraterrestre!
—Tranquilo. Si te sirve de consuelo tampoco sé conducir un coche. 

 

LLUEVE





Booktrailer "Crimen en la mansión Holden"





LO DARÍA TODO




DESNUDA

Esta noche dormí desnuda. Me apeteció sentir el roce de las sábanas en mi piel. Me recordó a ti, cuando tus manos se encargan de explorar en secreto mi cuerpo. Sus caricias son inconfundibles, y las volví a recordar. Sé que no es lo mismo, pero me vale para  sentir esa sensación. Es lo más parecido a ti, no tengo otra cosa. Quizá esta noche duerma completamente vestida y sueñe contigo. Espero que seas tú el encargado de desnudarme, y poder sentir de verdad esas caricias que me estremecen. Hoy por el momento, me conformo con lo que tengo. Sigo desnuda sobre la cama, imaginando lo que me podrías hacer. Soy un corderito esperando al lobo. No tardes en venir, me enfrío.




TU MUSARAÑA

Durante tus noches de angustia siempre fui un esbozo de tu apasionada caligrafía. Me convertiste en tu musa, era fascinante verme rodeado de tantos versos. Luego, al amanecer, cuando tus ojos abandonaban la nocturnidad a la que estabas sometida, me apeabas de ese ensueño convirtiéndome en una peligrosa araña. Reconócelo, no es mi veneno lo que te da miedo: es mi amor por ti.


AMANECER



Amanece en tus labios y yo sin poder despertar de mi locura.



 

sábado, 24 de febrero de 2018

#NOCHESDEYELMO



Cuando las noches se convierten en un blues y la luna no da tregua.

#nochesdeyelmo 

 

EL CORDERITO


Después de noches de pajar revuelto, resulta gracioso ver al cordero predicar sobre el amor único e infinito.


LUJURIA



Te recuerdo, y mi boca se hace agua.


INCÓGNITAS

Todavía hay dos incógnitas que no he logrado resolver. La primera es el sabor de tus besos; la segunda saber si de verdad has besado alguna vez.





jueves, 1 de febrero de 2018

HAN DICHO

HAN DICHO

OH LÀ LÀ

Al fin fuimos viento, libre de todo; solos ella y yo ante la inmensidad de la ciudad del amor y la libertad, París. Teníamos tanto para darnos, ilusión, cariño, sinceridad... A pesar del camino, gravado de incordios y miedos, no resultó difícil llegar hasta allí. Fue la complicidad de dos corazones equipados con alas, con muchas ganas de anidar lejos, lo más posible, para que todos los pésimos recuerdos quedasen muy atrás. Esa siempre fue la intención, olvidar, marchar de nuestra tierra en la que dejábamos raíces ancladas en un pasado que se negaban a evolucionar, con un presente lleno de sangre, sudor y lágrimas. Porque esa es la única verdad de las guerras, destellos de odio y rabia. Nosotros supimos huir a tiempo de ello. Quizá ella más que yo, porque a los meses de afincarnos en Francia, y ante la belleza de esa gigantesca torre a la que no solo aman los franceses, se armó de valor y me lo dijo: «Se llama Pierre...»; y lloré, tanto que mis brazos se escurrieron de su cuerpo como si estuviesen embadurnados con la mantequilla de un delicioso croissant. Eso fue lo que más me dolió, que ese mismo viento que nos había acercado la libertad, ahora la alejaba de mí con cierto acento y encanto francés.



REBECA GUMP

Llegué muy exhausta por culpa de salir corriendo de la nave abandonada que usaban de corral, como si me hubieran pinchado con una enorme aguja en el trasero: «¡Corre, Rebeca! ¡Corre!», escuché gritar a Jenny mi nombre. Lo hice hasta que no pude más. Llegué a un parque retirado y me senté junto a un desconocido que acababa de hacer uso del pipican. Estaba tan exaltada que empecé a hablarle sin más, yo misma levanté el telón de lo ocurrido.
       —¡Ja! ¡Me parto el cencerro! Tontas, muuuuuuuu tontas son las personas. ¿Sabes? Doscientos quilos de carne prieta, con dos buenas ubres como verás, —me las palpé para que las viera muy bien, siempre he estado orgullosa de ellas—  muy bien puestas,  y con mis redonditas caderas… He sido capaz de escaparme de ellos, sin más, al más puro estilo Houdini. Seguro que todavía están preguntándose cómo lo he hecho. ¡Qué carajo! Fijo que todavía no se han dado ni cuenta.
       El extraño me miraba atónito, y el inicio del relato le provocó curiosidad. Se mantuvo expectante.
       —Como te iba diciendo, amiguito. ¿Cómo pude huir sin que nadie se diera cuenta? ¡Humanos! Normal que compliquen todo lo que tocan y se preocupen más de los números que de lo que tienen frente sus narices. ¡Es que son muy torpes! En fin, colega, esto de la libertad sienta fenomenal —suspiré de alivio—. ¿Sabes de algún lugar de acogida donde pueda comer gratis? Con la carrera he agotado todo el combustible.
       No apartó la vista de mí en ningún momento; permanecía con los ojos bien abiertos, ciertamente alucinando, tanto que me hizo sentir un pelín incómoda.
       —¡Coño, una vaca que habla! —exclamó el jodido caniche.
       No pude aguantarme, mugí de la risa. Siempre me han parecido egocéntricos los animales domésticos: sus peinados pijos, su ropita de invierno, y esas chuches tan molonas que suelen recibir cuando se portan bien. En fin, me levanté y  lo dejé ladrando. Proseguí mi marcha. No estaba dispuesta a salir de Málaga para terminar en Malagón.



EL QUINTO BESO

Allí estaba yo, esperando en la esquina de la Calle Maestro Caballero, frente al viejo autocine Oasis, ahora reconvertido en el centro de belleza Shin Xiun, el más grande de la ciudad; estos malditos chinos hacen copia de todo. Lo único que tenía claro era que la voz que me había citado allí mismo, era de una mujer joven. Cuando conversé con ella, me resultó tan agradable y excitante, que no tardé en anotar en mi agenda los detalles para la reunión, y aunque en un principio todo me pareció extraño, decidí descubrir qué había tras aquella llamada misteriosa. Bueno, soy muy curioso, y las citas a ciegas me ponen. Era tarde y no había cenado, aunque es cierto que poco antes intenté saciar mi sed con dos rubias y una morena de doble malta, soy etílicamente promiscuo. Parecía un paleto allí plantado, un polluelo huido de su nido, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y mirando de un lado a otro intentando descubrir a mi contacto. Me alegró su puntualidad, aunque me puso mucho más contento su aspecto: era morena, sus ojos claros alumbraban más que la luz de la farola de la calle,  de bonito físico repleto de curvas; su mirada, simplemente seductora.
            —¿El detective Esteban Cortés? —me preguntó.
            Tardé unos segundos en responder, más bien porque me pareció una pregunta muy estúpida: «¿Quién coño iba a estar plantado allí a esas horas si no era yo?», pensé. Le di la última calada al cigarro que me acababa de liar, y aunque me dolió en el alma tener que tirarlo casi entero, lo hice por educación.
            —Eso es lo que pone en mi tarjeta de visita —le dije de forma muy seca, sin apartar la mirada de sus ojos, en tono serio y haciéndome el interesante. En realidad se me da muy bien hacerlo, siempre me han dicho que soy algo chulo, pero lo llevo metido en los genes—. Tú dirás —le dije esperando una explicación.
            —Siento mucho haberle citado…—no pudo terminar la frase, la interrumpí.
            —Tutéame, por favor.
            Tomó mi petición al pie de la letra, y se acercó a mí, tanto que no pude evitar que el agradable olor de su perfume despertará la pituitaria de mi entrepierna. Demasiado tiempo sin hacer nada…
            —Siento haberte citado aquí —corrigió—; me hospedo en aquel hotel —señaló con su dedo índice—, si te apetece, hablamos mejor allí.
            Uno, dos, tres segundos tardé en aceptar aquella proposición. No parecía muy profesional por mi parte subir hasta la habitación de un cliente al que todavía no conocía en profundidad, pero qué huevos, estaba cansado de estar de pie y necesitaba echarme algo al estómago; a esas horas todo estaba cerrado. Tardamos nada en llegar a su residencia, y una vez allí, sin que ella me diera permiso, me senté en el sofisticado sofá de piel. Mis posaderas agradecieron la comodidad.
            —¿Empezamos, señorita…? —dije.
            —Mónica Suller —para mí se llamaba Marilyn, le pegaba mucho más ese nombre; toda una femme fatale.
            —¿Y qué necesitas de mí? —me estaba cansando de tanto misterio.
            —Busco «El Primer Beso».
            Ni me lo pensé. Levanté mi culo del sofá y con destreza me escurrí entre sus brazos. Cuando noté que la tenía bien sujeta por la cintura, acerqué su cara a la mía y la besé; mi lengua persiguió la suya, no tardé en capturarla. Fue un sentido eléctrico, pero muy placentero.
            —¿Y bien?¿Te ha gustado para ser el primero? —pregunté con cierta chulería.
            Mónica no contestó. Retrocedió un par de pasos y después soltó la bofetada más fuerte que jamás me haya dado una mujer. Luego sonrió, divertida por mi atrevimiento. La verdad, yo no entendía nada de aquello.
            —¡Estúpido! Hablo de «El Primer Beso», la obra de William Adolph Bouguereau —dijo de forma alterada— ¡No está! ¡Ha desaparecido! ¡Tiene que encontrar el cuadro!
            Ni idea, me encogí de hombros y volví a sentarme en el sofá. La literatura, la pintura… todas esas chorradas no era lo mío.
            —¿Y por qué debo hallarlo? —le pregunté con indiferencia; tras la bofetada acababa de dejar mi ego como un colador, y no me interesaba el asunto.

            No obtuve respuesta. Se acercó hasta el sofá, se echó encima de mí y me besó de manera muy pasional. Ojalá no lo hubiera hecho nunca, terminar entre sus piernas me costó muy caro. Por eso os cuento esta historia desde aquí, desde la comodidad de mi celda, la número treinta y dos,  mientras mi compañero caga frente mis narices y ojea a la vez una vieja Interviú. Todo fue una trampa. Quizá en otro momento os cuente lo que en realidad pasó, pero la culpa de todo no fue el primer beso; a partir del quinto me involucré sin quererlo en la trama.