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lunes, 26 de junio de 2017

SILENCIO - ISRAEL QUEVEDO PUCHAL

Sombras, noche a raudales. Paz mentirosa tras la que se agazapa una amenaza latente. Océano de silencio roto por un lejano gemido, hastiado y débil, que promete languidecer poco a poco hasta la extenuación. Una gota, y luego otra, y otra, repiqueteando sobre alguna clase de aluminio con la constancia de un reloj que nunca para. Nívea luz de luna derramada a través de una sucia ventana, tamizada por la suciedad de unos cristales a los que nadie prestó atención en mucho tiempo.
Estiro el cuello e intento escuchar a las sombras. Sé que quieren hablarme, que lo hacen, pero también sé que no entiendo su lenguaje. Articulan un carrusel de consonantes susurradas e imposibles engranadas una tras otra, empeñadas en arrastrarse hasta lo más profundo de mi mente como una procesión de secretos inconfesables. A veces creo que se ríen de mí, pero no me molesta. Sé que algún día las entenderé.
La diosa Selene también se mofa de mi ignorancia. Ni siquiera permite que la luz de sus cabellos argénteos acaricie mis pies descalzos. Intento estirarlos, acostado como estoy, pero no logro llegar a ella. Algo parece retenerlos contra mi voluntad.
Levanto la cabeza para ver qué es lo que me impide bañarlos en su luz, pero no puedo incorporarme. Mis brazos también encuentran alguna clase de impedimento, y no entiendo por qué. No lo recuerdo.
Vencido, recuesto la cabeza sobre la almohada y clavo la mirada en el techo. Está sucio y desconchado, y el creciente velo de oscuridad hace que se asemeje a una carta geográfica de humedades y humo de cigarrillos.
La habitación huele a orín y a lejía, y no llego a decidirme sobre cuál de los dos va ganando.
Un rayo de luz perfora la noche y atraviesa los cristales sin romperlos. Recorre la pared como un cometa y desaparece engullido por las sombras. Oigo el motor de un vehículo que se esfuma con la misma rapidez con la que ha llegado. Luego vuelve el silencio, que parece haberse vuelto más consistente, como si hubiese regresado para quedarse.
La oscuridad vuelve a susurrarme, y empiezo a entender algunas de sus palabras.
«Hazlo». «Mátalos». «Ahora».
Lo que dicen no me da miedo. Las sombras lo desean, y de algún modo yo también.
Alguien abre la puerta de la habitación. Su silueta se recorta contra la luz que viene del otro lado, una luz amarillenta y triste. Una luz tan macilenta como las llagas de una enfermedad desconocida.
—¿Está dormido? —me dice la silueta del umbral. Tiene cuerpo de sombra, y no veo su rostro. Puede que no lo tenga, pero no me da miedo.
No respondo. No tengo ganas de hacerlo, al menos no como él espera. Aguardo expectante mientras las sombras me siguen hablando, y sé que solo yo las oigo. Mejor para él. Mejor para mí.
«Hazlo». «Mátale».
La silueta se aproxima hasta mí y se deja la puerta abierta. Con la luz enfermiza a sus espaldas, sigue siendo una sombra sin rostro. Llega hasta la cama sin encender ninguna otra luz, y agacha la cabeza para oír mi respiración. Lo ha hecho otras veces, y le hago creer que ya estoy dormido.
«Ahora». «Hazlo».
Le muerdo en el cuello. Lo hago con todas mis fuerzas, y siento el gusto salobre y áspero de su carne entre mis dientes, y su cálida sangre inundando mi boca.
Grita, pero casi no le oigo. El clamoroso jolgorio de las sombras convierte aquella habitación en una especie de circo romano, y eso me gusta.
El hombre cae al suelo, y saco fuerzas de no sé dónde para romper las correas que sujetan mi mano izquierda. Luego libero la derecha, y después mis piernas.
La melena de Selene, desparramada sobre el suelo de la habitación, se empapa en la sangre del gladiador vencido. Llevaba puesta una bata de medio cuerpo y pantalones blancos, y zapatos del mismo color. El rojo hará que cada vez sea menos blanca.
Me pongo de pie, y baño mis pies en la fría luz de luna y en la cálida sangre. Hermosa combinación.
Miro hacia la puerta. Odio esa luz macilenta. Me recuerda que el mundo que hay afuera es enfermizo y dañino. Ahora recuerdo por qué estoy aquí.
«Mátalos». «Ahora».
Ahora soy yo el que ríe. Las sombras siguen coreando mi nombre mientras me dirijo hacia el pasillo. Acabo de recordar que me gusta el sabor de la sangre. Casi lo había olvidado.


Texto: Israel Quevedo Puchal
Imagen: Pixabay