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domingo, 25 de junio de 2017

LA MECEDORA - FELISA BISBAL


Incluso antes de abrir los ojos, soy consciente de hallarme en un lugar desconocido. Demasiados años dedicados a la alta cocina para no utilizar el olfato como sentido principal. No huele a nada que yo recuerde ni remotamente. Me siento zarandeada y no son los malditos vértigos que me persiguen desde hace un año, este lugar se mueve y pienso inmediatamente en un barco pero eso es imposible, completamente imposible. ¿Un terremoto? No, claro que no. Abro los ojos lentamente y, aunque está oscuro, a mi derecha percibo la silueta de un árbol que no reconozco. Huele a laurel pero no estoy en mi cocina. Una extraña silueta de mármol grisáceo me observa impertérrita. Ahora ya estoy asustada, no me atrevo a moverme y me sigo balanceando inexplicablemente. Veo una ventana sin visillos por el rabillo del ojo y de frente cuatro o cinco escalones de madera vieja con aroma de putrefacción que se parecen a mi hogar si le hubiesen caído de repente cien años de lluvia y viento. Tiemblo, las lágrimas se deslizan por mis mejillas, debería ir al trabajo pero no sé donde estoy ni como he llegado hasta aquí. De repente, se enciende una luz a mis espaldas, el miedo me paraliza.

      —Abuela, ya te has vuelto a dormir en la mecedora. Vamos dentro que te vas a resfriar.

Texto: Felisa Bisbal
Imagen: Pixabay