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domingo, 25 de junio de 2017

CON EL SOL EN LA CARA - CARMEN MENEU

Despierto con el sol dándome directamente en la cara. Me parece extraño pues siempre cierro la persiana a cal y canto. Intento abrir los ojos, lo que me supone un gran esfuerzo. Cuando consigo entreabrirlos un dolor en la sien hace que me lleve las manos a la cabeza. Noto algo pegajoso en mi pelo. Sorprendida, miro a mi alrededor y veo que estoy en el suelo, en un rincón de lo que parece ser una nave abandonada.
—Vaya, ya te has despertado me dice un viejo desdentado.
Mi expresión debe ser de aturdimiento porque vuelve a dirigirse a mí con su sonrisa agujereada
—No te acuerdas de nada, ¿verdad?
No recuerdo cómo he llegado hasta aquí. No sé por qué no estoy en mi habitación. Sé que hace unas semanas perdí el trabajo después de más de diez años. Era un gasto que mi jefe debía suprimir, algo así fue su motivo, una cuestión de números. Sé también que empecé a beber más de la cuenta cuando una semana después vi a Carlos en su coche aparcado besando a una desconocida. Él no me vio, fue una casualidad que yo pasara por aquella zona, a la que nunca voy. Entonces me vinieron a la mente todos los momentos en que él se encerraba en el baño con el móvil en la mano, todas las veces que empezaron a lloverle los trabajos extra en horarios intempestivos. Cuando llegó a casa ese día, le dije que cogiera sus cosas y se largara. No pude hablar con él, a pesar de sus ruegos. No pude.
Empiezo a recordar. Anoche conocí a un tipo atractivo en el pub. Yo llevaba ya unas cuantas copas, como de costumbre últimamente. Me llevó a su casa y nos acostamos. No sentí nada, sólo una inmensa rabia hacia mí misma por no sentir satisfecha mi necesidad de venganza. Me marché de allí caminando, cuando, de repente, me sobrevino un terrible cansancio, de mí, del mundo, de Carlos. Entonces vi un banco y, al ir a sentarme, todo el alcohol que hasta ese momento estaba agazapado en mi sangre, salió en forma de tropiezo con el asfalto. Recuerdo ahora que me golpeé la cabeza en el banco al que nunca llegué a sentarme.
Me vuelvo a llevar las manos a la cabeza. Las miro y veo que lo pegajoso es sangre que ya se ha secado.
—¿Recuerdas ahora? —Me dice el viejo
En realidad no es tan viejo, puede que sólo tenga unos años más que yo.
—¿Me trajiste tú aquí?
     —Sí, te vi tropezar y caer. Te hubiera llevado a tu casa pero sólo pronunciabas balbuceos ininteligibles. Estabas llorando y no te quise dejar sola. Ya ves que mi casa no es muy acogedora ni lujosa —me dice con su triste sonrisa.
   No puedo dejar de sentir un agradecimiento infinito hacia ese desconocido. Puede que sea un sin techo, pero qué más da, al fin y al cabo. Qué más da eso cuando he conocido a gente sin alma.

Texto: Carmen Meneu
Imagen: Pixabay