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domingo, 22 de octubre de 2017

RESIGNADO A TU INTERÉS


Te escapaste de mis labios para vivir desterrada de mi corazón, y ahora tras la llegada de los primeros esbozos de frío, es cuando por interés te acuerdas de mi leñero. No seré yo quien te reproche la huida.



EL BESO


EL BESO

Ha pasado demasiado tiempo, pero aquel beso aún consigue erizar mi arrugada piel. No sólo fue un simple roce de labios, era mucho más complejo y por ello nos distanciamos. Quisimos evitar hacernos daño, y cada uno tomó su camino. Fuimos amantes desde la distancia, eso nos valió para seguir vivos. Hoy me he quedado solo, ella se ha ido a un lugar desde el que no puede escribirme.



domingo, 15 de octubre de 2017

DIVINA DE LA MUERTE


Se había vestido y maquillado para la ocasión. Mientras el vestido de color oscuro modelaba la silueta de la mujer, las pinturas que había seleccionado con esmero decoraban a la perfección aquella cara femenina. Los tonos grises del contorno de ojos y el pálido pintalabios que usó contrastaban con la rojiza y enorme brecha que le provocó golpearse contra el volante. El impacto que se llevó el coche en la parte delantera no pareció pronosticar un resultado tan dramático. El hecho de no llevar abrochado el cinturón de seguridad y no tener airbag, fue el detonante trágico del accidente. La mujer pereció a causa de un golpe seco contra el volante. Fue el novio el encargado de reconocer el cadáver, fue el mismo quien por última vez la vio conforme la había visto tantas noches anteriores: divina de la muerte.


viernes, 13 de octubre de 2017

CHARLA EN CEIP MANEL GARCIA GRAU

Hoy he estado con mi amiga y compañera, M Carmen Castillo Peñarrocha, en el CEIP MANEL GARCIA GRAO, de Castellón. Les hemos hablado a los niños de libros, de cómo un lector evoluciona a escritor, de la génesis para crear un cuento y de su estructura. Hemos respondido a cientos de preguntas (sin exagerar) y nos hemos contagiado de esas risas infantiles que tanto bien hacen a cualquier persona. Para terminar la charla, M Carmen Castillo les ha leído un cuento suyo: El hada diferente. Una bonita y enriquecedora historia que pretende romper barreras y luchar contra el acoso escolar. En definitiva, una mañana genial entre gente pequeña pero con imaginación muy grande. ¡Con público así, mola mucho!
Gracias por las fotos a: M Carmen Castillo Peñarrocha






lunes, 9 de octubre de 2017

C.E. LA VIRGULILLA - GANADORES DEL DOSSIER 01


En el club de escritura La Virgulilla no solo realizamos ejercicios, también mantenemos una competición sana, tanto que cada mes escogemos el mejor relato. En esta ocasión es justo el empate que se obtuvo tras la votación de los miembros. En los próximos días publicaremos ambos relatos.





FIRA DEL LLIBRE DE TORRENT 2017

Ayer por la mañana estuve en la Fira del Llibre de Torrent, firmando ejemplares de mi novela "Crimen en la Mansión Holden". Una jornada poco movida, en la que a falta de lectores, descubrí a Sento y sus compinches, unos tíos muy enrollados y amantes de los libros. Fue muy grato reencontrarme con amigos y compañeros de editorial, Laura y Eva entre ellos, sin olvidarme de los libreros Jose Seoane y Helios, quienes fueron amables y atentos en todo momento. Con gente así, las ferias molan mucho más. ¡Espero repetir de nuevo!





viernes, 15 de septiembre de 2017

AMANTES EN LO COTIDIANO



Después de todo me detuve a contemplar las pequeñeces que tu cuerpo siempre me ha dictado: acariciar tu piel, oler tu pelo, sonreírte. Todo ha cambiado con los años, pero nuestros orgasmos siguen siendo iguales; placenteros hasta el punto de pedir parar el tiempo y disfrutar eternamente.



Sabes que cuando me enfado contigo por alguna de mis estupideces, siempre acabamos arreglando las cosas de la forma más sencilla, natural y humana que jamás habrá escrita; entrelazando nuestros sexos buscando un punto parcial de cordura.

Me alegra ver que sabemos solucionar los problemas. Hoy no ha sido distinto. Malhumorado por haber tenido que soportar el carácter de esa persona a la que tú quieres tanto pero a mí me es indiferente. Me negué a responder tu pregunta por haberla tenido que soportar. Luego por fortuna lo de siempre: tu sonrisa picarona vuelve a decirme lo estúpido que soy. Entonces me atrevo a ponerme delante de tí: “lo siento”, digo mientras te abrazo y mordisqueo tu cuello. Tú haces lo mismo. Me agarras  y me dices al oído: “tonto”.

Lo que vino después es lo más justo para volver a empezar. Un excelente caldo de sudor, caricias y miradas lascivas. Mi sexo en el tuyo, bailando al compás que dictan tus caderas. Al final un regadío placentero de amor.

Los años pasan, ya no somos unos jovenzuelos. Seguimos amándonos cómo el primer día. Al fin y al cabo sabemos arreglar nuestras diferencias. La cama siempre fue nuestro juzgado de paz. Eso nunca cambiará, lo sabemos los dos. Te amo.

TE ESCAPAS

Te escapas, como la arena entre los dedos de un hombre perdido en el desierto, sin agua. Mi deseo en retenerte es de tal calibre, que hago todo para intentar que no prendas el vuelo. Prometo y juro, pero no te basta. Lo tienes decidido, y aunque te pesa mucho, te escapas. Lo hice todo por retenerte, pero es tan fuerte ese vínculo que te une con el otro extremo de la cuerda, que nada puedo hacer por evitarlo. Te escapas, y yo me convierto en un centinela viéndote marchar, sin poder apretar el gatillo de la escopeta. Tengo bastante con saber que serás feliz, o eso me has prometido.


Audio:






jueves, 24 de agosto de 2017

VIVIR SOÑANDO

El café de las mañanas ya no es el de siempre. Quizá sabe que me he enterado de lo que tiene contigo, y se avergüenza de mirarme a los ojos. Yo no le reprocho nada, ni a ti tampoco. Sólo pretendo seguir con mi rutina y esperar a que pase el día, para acabar abrazado a mi almohada. Ella es la única que me hace seguir soñando.

(C) Javier García | Imagen: Pixabay | www.xavivi.es


VENENO



¿Y si tu verdad se esconde
bajo una caliente piedra
como un peligroso escorpión?
Entonces la araña que escribe
estas líneas en su mente
entrará en la oscura hiedra,
con la intención de quemarse
y seguir viva con la verdad,
aunque me aflija el saberlo,
jamás me arrepentiré
de llevar tus besos por dentro.

(C) Javier García Martínez | www.xavivi.es


FERIA DEL LIBRO DE MONCOFA 2017 - MOMENTAZOS

La edición 2017 de la Feria del Libro de Moncofa ha sido una pasada; reencuentro con viejos amigos, compañeros de sueños, libreros y lectores. La organización, un año más, ha sido espectacular. David Mateo se ha encargado de nuevo para que los autores que hemos ido a firmar nos vayamos satisfechos. Aprovecho la entrada para agradecer a los libreros que me han invitado a pasar las tardes con ellos: Bibliomanía y Greyhskull Cómics. Os dejo unas fotos para que veáis los buenos momentazos vividos. ¡El año que viene espero repetir! 

 En Greyhskull, firmando ejemplares de Crimen en la Mansión Holden.

 En Bibliomanía, firmando ejemplares de Crimen en la Mansión Holden, junto a la joven escritora Marisol Sales.


 Con mis compañeros Antonio Quesada y Mónica.

¡Al fin pude conocer a Jessica, administradora del grupo de lectura de Facebook 
"Los libros abren tus ojos"!

lunes, 31 de julio de 2017

FERIA LIBRO MONCOFA 2017


Las playas aman los libros; los libros aman las playas.

¿Nos veremos en MONCOFA?

FIRMA CRIMEN EN LA MANSIÓN HOLDEN



DOMINGO 13 DE AGOSTO:
de 18:30 a 23:00 horas
Librería Bibliomanía

MARTES 15 DE AGOSTO:
de 18:30 a 23:00 horas
Librería Grayskull Cómics



viernes, 7 de julio de 2017

AIRES - TONI MASCARELL TORRES

Aquel libro en la mano, le confería un aire de intelectual sin precedentes. Al musitarle aquellas frases, esperaba que ella elevara su culo en pompa, y se le subiera a la cabeza; aunque, la reacción no fue como se esperaba, y la burbuja Freixenet reventó de aburrimiento.

Texto: Toni Mascarell TorresImagen: Pixabay 



 

DESDE MI VENTANA - JUAN CASERO


Les veía desde mi ventana, ella con una dolencia que le envió el diablo. Su piel no soportaba el aire, solo el agua la calmaba; su vida fuera del agua era como la de una sirena, condenada al dolor. Pasaba horas, días, meses en esa bañera, esa prisión que le protegía del dolor. Él la cuidaba, la acariciaba, le daba de comer, le sujetaba su cabeza para poder dormir; era otro prisionero, pero parecía feliz, siempre sonriente. Le veía leerle durante horas, ella escuchaba. Su mundo eran esas historias, vivía cientos de aventuras, con sus ojos cerrados. Su voz le hacía vivir otras vidas más felices. Sonó el teléfono, él se levantó para atenderlo. Con un poco de la vergüenza de cuando haces algo indebido, tomé mis prismáticos, invadí su espacio, Quería saber cuál era ese libro maravilloso que contenía cientos de historias tan maravillosas. Lo que vi mojó las lentes de esos prismáticos con mis lágrimas, ese libro estaba en blanco.


Texto: Juan Casero
Imagen: Pixabay



 

EMBUDO





Ella era un inmenso mar estancado; yo un simple marinero en un barco de papel.

Texto: Javier García Martínez
Imagen: Pinterest

APRENDER



Texto: Javier García Martínez
 

viernes, 30 de junio de 2017

#FINDECREATIVO02 - PROPUESTA

Aquí empieza #FindeCreativo02.

Ejercicio: escribe la imagen adjunta, con una temática libre: erotismo, misterio... Puntos destacables para desarrollar la creatividad:
-¿Qué le está leyendo?

-¿En qué época y lugar ubicarías la historia?
-¿Por qué ella está tan atenta?
-¿Por qué él no está en la bañera con ella?


En esta ocasión deberemos desarrollar el relato en una página como máximo (recordad titularlo), y podréis enviarlas hasta el próximo jueves, 6 de julio de 2017. ¿Todavía tenéis ganas de participar? ¡Adelante!




jueves, 29 de junio de 2017

SENTIMIENTO MONOCROMO


Cuando el gris roza mi espalda, intentando hacerme el amor sin más alegría que los poros de mi cuerpo exhalando tu añoranza; y pensar que esos recuerdos de arcoíris fueron los causantes de un sentimiento monocromo.

Texto: Javier García Martínez
Imagen: Pixabay

LA MEJOR CUENTACUENTOS DEL REINO - M. CARMEN CASTILLO P.

Me despertó la brusca sacudida de alguien que vociferaba: «¿De dónde habéis salido? ¿Quién sois?» Pensé que se había currado el disfraz, porque aquella peste que desprendía su aliento, aquellos dientes ennegrecidos y el olor corporal en general, no se improvisaban. Abrí los ojos como platos, recordando que me había sentado un momento junto a la chimenea de una pequeña sala, tras una jornada agotadora en el festival de fantasía épica, donde había actuado de cuentacuentos, y me había dormido. Pero aquella estancia no parecía la misma. Se veía nueva y con las paredes oscurecidas por el humo, provocado por las antorchas y las llamas del hogar. No comprendía nada.
Soy la cuentacuentos. Catalina Martínez —les dije, con voz insegura. Debía tratarse de una pesadilla.
Ya veremos quién sois —espetó aquel ser espantoso y maloliente, levantándome de un zarpazo.
Mientras me arrastraba por los corredores iluminados por antorchas, supe que no era un sueño. De alguna manera había viajado en el tiempo sin ayuda de puertas, máquinas o cabinas telefónicas. Sin abandonarme al pánico, pensé con rapidez, mientras el siervo me arrojaba a los pies del señor del castillo, un hombre de mediana edad y aspecto rudo, que me acusó de ser una espía de sus cruentos enemigos. Yo lo negué todo, y con la cabeza bien alta, defendí que era una famosa cuentacuentos, llegada para amenizar el duro invierno, cuando los combates se detenían y los días parecían interminables. El señor me analizó de pies a cabeza. Yo no iba sucia, señal inequívoca de que no procedía de un lugar lejano. Mi aplomo le gustaba y mi profesión le convenía. Decidió darme una oportunidad, pues siempre tendría tiempo de cortarme el cuello.
Aquella misma noche comencé a contar una historia en el gran salón. Era una novela, ambientada en la época medieval, que había escrito hacía años y nunca me habían publicado. Les entusiasmó. Al modo de la inteligente Scherezade, dejé el relato sin concluir, para conservar mi vida hasta el siguiente día. Cuando todo el mundo se retiró a dormir, yo me acomodé junto a la chimenea, para dormir e intentar despertar en el siglo XXI, dejando aquel lugar y a sus habitantes ansiando el final de mi historia, pero no regresé.
Sin perder la esperanza, seguí contando mi historia la siguiente noche, la concluí y comencé otra con igual éxito. Dormí junto a la chimenea cada noche, pero continué viviendo en la Edad Media, sobreviviendo en aquel mundo hostil y oliendo casi tan mal como los hoscos habitantes del castillo. Sin duda era el tipo ideal de mujer, pues era fuerte y valiente. En aquel mundo, una princesita meliflua no duraría ni un asalto. Ayudé a las mujeres en sus duras tareas y a los hombres en sofocar algunos asedios esporádicos que sufrimos antes de que llegara el frío de verdad. Cargar haces de flechas, cubos de pez y piedras para la defensa, subiendo a toda prisa los escalones hasta las almenas, era mucho mejor que una sesión de spinning.
Cuando terminé mi repertorio propio, continué con el Arcipreste de Hita, Chaucer, Bocaccio, Cervantes, Lope de Vega, Calderón y Shakaspeare. Todo aquello que sonara a medieval o renacentista me servía, y si algo no recordaba, lo inventaba, ¿quién lo iba a saber?
Poco a poco me gané una buena fama en el castillo, me premiaron con vestiduras más apropiadas que mi raído disfraz, me obsequiaron algunas joyas e incluso me dieron una estancia, que yo rechacé porque seguía durmiendo junto a la chimenea. Si seguía allí, podía morir de un resfriado, contraer la peste, el cólera o perecer en un ataque al castillo. Debía volver a mi mundo, aunque cada vez me sentía más importante en aquella comunidad. Antes era una simple empleada en una oficina gris y ahora era la mejor cuentacuentos que habían visto jamás.
Sin duda, cuando dejaron de considerarme una espía, el señor del castillo habría hecho valer sus prerrogativas conmigo, de no ser porque uno de sus caballeros, un joven al que debía la vida, se había interesado por mí. Aquel joven caballero siempre me alcanzaba una copa de vino para aclarar mi garganta antes y después de ejercer mi oficio. Se sentaba a mi lado durante las comidas y cuidaba un poco su higiene, pues sabía que eso le hacía grato a mis ojos. Finalmente, cuando se enfrentó a unos esbirros borrachos que intentaron acorralarme en los oscuros pasillos, me ganó para siempre.
Antes de llegar a las mil y una noches en aquel mundo, dejé de apostarme junto a la chimenea, para dormir con mi valiente caballero, con quien me desposé al llegar la primavera.
***
Cuando denunciaron su desaparición, buscaron por todo el castillo, por si se había accidentado entre las ruinas, pero nunca la hallaron. Pasado el tiempo, el cuñado del jefe de policía de la localidad, que era arqueólogo, le visitó en la comisaría y vio un cartel con la foto y los datos de una mujer desaparecida. Le contó que era muy curioso, pues recientemente había hallado unas tumbas en los alrededores del castillo. En una de ellas, tan elaborada que parecía de un personaje principal, yacía una tal Catalina, hija de Martín, la mejor cuentacuentos del Reino, que vivió en aquel lugar y sirvió bien a tres generaciones de señores de aquel castillo.

El jefe de policía se encogió de hombros, pensando que se trataba de una simple casualidad, y no le dio la menor importancia.


Texto: Mari Carmen Castillo Peñarrocha
Imagen: Pixabay


NOBURO - JOSE SANCHIS MEZQUITA

Despertó de manera brusca, violenta, sin respuestas. De inmediato comenzó a toser y escupir agua como si no hubiese un mañana. Durante unos instantes pensó que iba a ahogarse, aunque por suerte para ella no fue así. Recuperó el control de sí misma poco a poco, inspiró y expiró con calma hasta que su respiración se regularizó recuperando a ritmo normal.
Continuó unos instantes tumbada sobre el arenoso suelo. Dejó que sus sentidos se asentaran mientras notaba como el agua iba y venía.
«Una playa», pensó.
Se incorporó con fuerza golpeándose la frente con algo sólido. El impacto la devolvió al suelo, dejándola tumbada, entretanto se agarraba la parte dolorida.
—¡Por todos los dioses de arriba y de abajo! —maldijo entre gritos—. ¿Qué me ha golpeado? —preguntó frotándose la frente.
Levantó las manos y tanteó a oscuras buscando el motivo de su dolor de cabeza. Descubrió unas barras, que por su tacto parecían de madera, que formaban una especie de techo tan bajo que tan solo le permitían estar tumbada.
De repente se dio cuenta de que algo le faltaba.
—¡Atah! ¡Atah! —gritó—. ¿Dónde estás? ¡Atah!
La única respuesta que obtuvo fue el sonido de las olas rompiendo en la costa y llegando hasta ella en forma de líquido mensajero.
—¡Atah! —repitió con tono lastimero.
La desesperación y el miedo se apoderaron de Sansha. No sabía dónde se encontraba o cómo había llegado estuviese donde estuviese. Pero sobre todo no sabía dónde estaba Atah. La perrita no se habría alejado de su lado por voluntad propia, algo debía haberle ocurrido. Algo malo.
—¡Atah! —susurró entre gimoteos.
Detuvo su lastimera autocomplacencia y rebuscó en su interior. Lo encontró y volvió a tantear su alrededor en busca de una salida. Decidió volver a lo que conocía; los tablones del techo. Alzó las manos y desde un cenit perpendicular a su pecho, deslizó la palma por el madero descendiendo por el lateral hasta tocar la arena que se extendía por el suelo. Una llama de esperanza se encendió en su interior y repitió el mismo procedimiento por el otro lado.
—¡Una balsa! —exclamó—. Estoy debajo de una balsa volcada.
El descubrimiento le devolvió las fuerzas perdidas. Con renovada decisión y algo de maña alzó uno de los laterales al tiempo que se deslizó por debajo de uno de los costados. La clara luz de la luna le dio la bienvenida acogiéndola en una reveladora noche. El nacarado astro, grande, completo y cercano iluminaba casi tanto como el sol de mediodía. Ahora podía ver con claridad dónde se encontraba. Sí que estaba en una playa, junto a una balsa que descansaba boca arriba mostrando su panza al estrellado cielo.
No reconoció el lugar, pero sí el bastón que permanecía semienterrado a escasos metros de ella. Era su cayado, con el emblema del clan Noburo. Su clan. El orgullo afloró en su interior.
Por extraño que pareciese, la sensación de abrazar aquella arma entre sus manos, le confirió tal seguridad que de inmediato se encontró preparada para enfrentarse a cualquier adversidad.
Ahora sabía qué debía hacer.

—¡Atah! —bramó al cielo—. Estés, dónde estés voy a encontrarte y nada ni nadie va a detenerme —sentenció.


Texto: Jose Sanchis Mezquita
Imagen: Pixabay


lunes, 26 de junio de 2017

SILENCIO - ISRAEL QUEVEDO PUCHAL

Sombras, noche a raudales. Paz mentirosa tras la que se agazapa una amenaza latente. Océano de silencio roto por un lejano gemido, hastiado y débil, que promete languidecer poco a poco hasta la extenuación. Una gota, y luego otra, y otra, repiqueteando sobre alguna clase de aluminio con la constancia de un reloj que nunca para. Nívea luz de luna derramada a través de una sucia ventana, tamizada por la suciedad de unos cristales a los que nadie prestó atención en mucho tiempo.
Estiro el cuello e intento escuchar a las sombras. Sé que quieren hablarme, que lo hacen, pero también sé que no entiendo su lenguaje. Articulan un carrusel de consonantes susurradas e imposibles engranadas una tras otra, empeñadas en arrastrarse hasta lo más profundo de mi mente como una procesión de secretos inconfesables. A veces creo que se ríen de mí, pero no me molesta. Sé que algún día las entenderé.
La diosa Selene también se mofa de mi ignorancia. Ni siquiera permite que la luz de sus cabellos argénteos acaricie mis pies descalzos. Intento estirarlos, acostado como estoy, pero no logro llegar a ella. Algo parece retenerlos contra mi voluntad.
Levanto la cabeza para ver qué es lo que me impide bañarlos en su luz, pero no puedo incorporarme. Mis brazos también encuentran alguna clase de impedimento, y no entiendo por qué. No lo recuerdo.
Vencido, recuesto la cabeza sobre la almohada y clavo la mirada en el techo. Está sucio y desconchado, y el creciente velo de oscuridad hace que se asemeje a una carta geográfica de humedades y humo de cigarrillos.
La habitación huele a orín y a lejía, y no llego a decidirme sobre cuál de los dos va ganando.
Un rayo de luz perfora la noche y atraviesa los cristales sin romperlos. Recorre la pared como un cometa y desaparece engullido por las sombras. Oigo el motor de un vehículo que se esfuma con la misma rapidez con la que ha llegado. Luego vuelve el silencio, que parece haberse vuelto más consistente, como si hubiese regresado para quedarse.
La oscuridad vuelve a susurrarme, y empiezo a entender algunas de sus palabras.
«Hazlo». «Mátalos». «Ahora».
Lo que dicen no me da miedo. Las sombras lo desean, y de algún modo yo también.
Alguien abre la puerta de la habitación. Su silueta se recorta contra la luz que viene del otro lado, una luz amarillenta y triste. Una luz tan macilenta como las llagas de una enfermedad desconocida.
—¿Está dormido? —me dice la silueta del umbral. Tiene cuerpo de sombra, y no veo su rostro. Puede que no lo tenga, pero no me da miedo.
No respondo. No tengo ganas de hacerlo, al menos no como él espera. Aguardo expectante mientras las sombras me siguen hablando, y sé que solo yo las oigo. Mejor para él. Mejor para mí.
«Hazlo». «Mátale».
La silueta se aproxima hasta mí y se deja la puerta abierta. Con la luz enfermiza a sus espaldas, sigue siendo una sombra sin rostro. Llega hasta la cama sin encender ninguna otra luz, y agacha la cabeza para oír mi respiración. Lo ha hecho otras veces, y le hago creer que ya estoy dormido.
«Ahora». «Hazlo».
Le muerdo en el cuello. Lo hago con todas mis fuerzas, y siento el gusto salobre y áspero de su carne entre mis dientes, y su cálida sangre inundando mi boca.
Grita, pero casi no le oigo. El clamoroso jolgorio de las sombras convierte aquella habitación en una especie de circo romano, y eso me gusta.
El hombre cae al suelo, y saco fuerzas de no sé dónde para romper las correas que sujetan mi mano izquierda. Luego libero la derecha, y después mis piernas.
La melena de Selene, desparramada sobre el suelo de la habitación, se empapa en la sangre del gladiador vencido. Llevaba puesta una bata de medio cuerpo y pantalones blancos, y zapatos del mismo color. El rojo hará que cada vez sea menos blanca.
Me pongo de pie, y baño mis pies en la fría luz de luna y en la cálida sangre. Hermosa combinación.
Miro hacia la puerta. Odio esa luz macilenta. Me recuerda que el mundo que hay afuera es enfermizo y dañino. Ahora recuerdo por qué estoy aquí.
«Mátalos». «Ahora».
Ahora soy yo el que ríe. Las sombras siguen coreando mi nombre mientras me dirijo hacia el pasillo. Acabo de recordar que me gusta el sabor de la sangre. Casi lo había olvidado.


Texto: Israel Quevedo Puchal
Imagen: Pixabay


domingo, 25 de junio de 2017

CON EL SOL EN LA CARA - CARMEN MENEU

Despierto con el sol dándome directamente en la cara. Me parece extraño pues siempre cierro la persiana a cal y canto. Intento abrir los ojos, lo que me supone un gran esfuerzo. Cuando consigo entreabrirlos un dolor en la sien hace que me lleve las manos a la cabeza. Noto algo pegajoso en mi pelo. Sorprendida, miro a mi alrededor y veo que estoy en el suelo, en un rincón de lo que parece ser una nave abandonada.
—Vaya, ya te has despertado me dice un viejo desdentado.
Mi expresión debe ser de aturdimiento porque vuelve a dirigirse a mí con su sonrisa agujereada
—No te acuerdas de nada, ¿verdad?
No recuerdo cómo he llegado hasta aquí. No sé por qué no estoy en mi habitación. Sé que hace unas semanas perdí el trabajo después de más de diez años. Era un gasto que mi jefe debía suprimir, algo así fue su motivo, una cuestión de números. Sé también que empecé a beber más de la cuenta cuando una semana después vi a Carlos en su coche aparcado besando a una desconocida. Él no me vio, fue una casualidad que yo pasara por aquella zona, a la que nunca voy. Entonces me vinieron a la mente todos los momentos en que él se encerraba en el baño con el móvil en la mano, todas las veces que empezaron a lloverle los trabajos extra en horarios intempestivos. Cuando llegó a casa ese día, le dije que cogiera sus cosas y se largara. No pude hablar con él, a pesar de sus ruegos. No pude.
Empiezo a recordar. Anoche conocí a un tipo atractivo en el pub. Yo llevaba ya unas cuantas copas, como de costumbre últimamente. Me llevó a su casa y nos acostamos. No sentí nada, sólo una inmensa rabia hacia mí misma por no sentir satisfecha mi necesidad de venganza. Me marché de allí caminando, cuando, de repente, me sobrevino un terrible cansancio, de mí, del mundo, de Carlos. Entonces vi un banco y, al ir a sentarme, todo el alcohol que hasta ese momento estaba agazapado en mi sangre, salió en forma de tropiezo con el asfalto. Recuerdo ahora que me golpeé la cabeza en el banco al que nunca llegué a sentarme.
Me vuelvo a llevar las manos a la cabeza. Las miro y veo que lo pegajoso es sangre que ya se ha secado.
—¿Recuerdas ahora? —Me dice el viejo
En realidad no es tan viejo, puede que sólo tenga unos años más que yo.
—¿Me trajiste tú aquí?
     —Sí, te vi tropezar y caer. Te hubiera llevado a tu casa pero sólo pronunciabas balbuceos ininteligibles. Estabas llorando y no te quise dejar sola. Ya ves que mi casa no es muy acogedora ni lujosa —me dice con su triste sonrisa.
   No puedo dejar de sentir un agradecimiento infinito hacia ese desconocido. Puede que sea un sin techo, pero qué más da, al fin y al cabo. Qué más da eso cuando he conocido a gente sin alma.

Texto: Carmen Meneu
Imagen: Pixabay


LA MECEDORA - FELISA BISBAL


Incluso antes de abrir los ojos, soy consciente de hallarme en un lugar desconocido. Demasiados años dedicados a la alta cocina para no utilizar el olfato como sentido principal. No huele a nada que yo recuerde ni remotamente. Me siento zarandeada y no son los malditos vértigos que me persiguen desde hace un año, este lugar se mueve y pienso inmediatamente en un barco pero eso es imposible, completamente imposible. ¿Un terremoto? No, claro que no. Abro los ojos lentamente y, aunque está oscuro, a mi derecha percibo la silueta de un árbol que no reconozco. Huele a laurel pero no estoy en mi cocina. Una extraña silueta de mármol grisáceo me observa impertérrita. Ahora ya estoy asustada, no me atrevo a moverme y me sigo balanceando inexplicablemente. Veo una ventana sin visillos por el rabillo del ojo y de frente cuatro o cinco escalones de madera vieja con aroma de putrefacción que se parecen a mi hogar si le hubiesen caído de repente cien años de lluvia y viento. Tiemblo, las lágrimas se deslizan por mis mejillas, debería ir al trabajo pero no sé donde estoy ni como he llegado hasta aquí. De repente, se enciende una luz a mis espaldas, el miedo me paraliza.

      —Abuela, ya te has vuelto a dormir en la mecedora. Vamos dentro que te vas a resfriar.

Texto: Felisa Bisbal
Imagen: Pixabay


UNA COPA MÁS

Desperté en el mismísimo infierno, con la horrible sensación de no poder respirar; intenté llenar los pulmones con aire fresco. ¡Qué ingenuo ahora que lo recuerdo! Lo único que logré inhalar fue la muerte, perfumada con el azufre de todas aquellas almas endemoniadas que desfilaban una tras otra entre las llamas, afligidas por el duro calor, entre  penosos cánticos al verse perdidas en aquel maldito lugar. Intenté aflojarme la corbata, y entonces fue cuando descubrí que mi cuerpo ya no era mío; de hecho no tenía torso, ni brazos, ni piernas, ni pies… simplemente era un trozo de carne podrida, que a duras penas se mantenía erguido. En ese momento lloré, las lágrimas se convirtieron en ácido, quemaba a su paso lo poco que quedaba de mi rostro, sin compasión; si estaba muerto, el dolor decía lo contrario, era insoportable. Una de aquellas tétricas almas abandonó el desfile y vino hacia mí. Destacaba de las demás por su enorme estatura. Con cada paso, el hedor a putrefacto se hacía más insoportable, supongo que si no vomité fue porque tampoco tenía estómago para hacerlo. Tras escuchar su voz empecé a comprenderlo todo.

      —Te sobró la última copa…
—¿Dónde estoy? —pregunté sollozando.
    Al ente mis preguntas le parecieron absurdas, lo demostró riéndose a gusto, con tanta malicia que en su cara se dibujaron dos ojos de fuego.
     —Estás donde debes. Siempre dijiste en vida que te gustaría terminar en el infierno. Ahora que estás aquí no se te ve especialmente contento —volvió a reír. Lo hizo de una forma tan exagerada que el resto de almas miraron hacia nosotros. Ellas hicieron lo mismo, las miles de risas caldearon aún más las llamas del infierno.
  —¡No entiendo nada! —dije desesperado— Recuerdo estar sentado frente la barra de un bar de carretera, maldiciendo mi vida,  y…
       El demonio soltó una carcajada. Parecía conocer la historia, disfrutaba con cada segundo de mi agonía.
     —Sigue, parece que vas recordando —me sugirió.
  —Entonces entró ella, la mujer más exótica y extraña que he conocido. Me pareció raro que se enfilara directamente hacia mí. Recuerdo que me quitó la bebida, y me susurró al oído que ya había bebido bastante. Después simplemente se marchó de allí, salió del garito con la copa en la mano.
     —Malditos ángeles —me pareció escucharle decir, en lo que fue un leve susurro. Me pidió que no detuviese el relato.
    —Nunca he sabido aceptar los buenos consejos, pero esa mujer me transmitió confianza. Así que saqué la cartera para pagar y regresar al motel en el que me había hospedado para aquel viaje de negocios. Sí, eso, fue un billete de los pequeños, pero entonces apareció él.
      —Un tío apuesto e interesante, supongo —añadió el demonio con sorna.
    —Exacto, y pidió dos copas más; una para él y otra para mí. Conocía mis gustos, a esas horas de la noche fue inevitable rechazar el Jack Daniel’s. ¡Espera un momento! Su risa…la tuya; ¿fuiste tú, maldito?
      Incluso allí en el infierno, para los malos espíritus el tiempo era muy valioso, pareció alegrarse de que al fin se diera cuenta de la jugarreta.
      —Gracias por el piropo —añadió una vez más con un tono jocoso—. Ten en cuenta que te ayudé, y no me has dado las gracias —volvió a reír una vez más.
    Jamás en la vida había sido un hombre llorón, pero en ese momento volví a sentir quemazón en mi cara. Si ese había sido mi final, me pareció absurdo morir por una copa. Me sentí confuso.
     —¿Cómo terminó todo para acabar aquí? ¡Me es imposible recordar el final!
     —El alcohol y el volante, es una buena ecuación para llegar aquí. Nos resulta tremendamente sencillo embaucar a los alcohólicos con penas, el infierno está plagado de ellos.
       No quise resignarme, así que rebatí.
     —Nunca he sido mala persona. Me parece ridículo acabar aquí por un simple accidente de tráfico. ¿Acaso no tengo derecho a un juicio?
     —No fue tan sencillo. Además, por lo que me has contado un ángel intentó ayudarte, y tú solo te condenaste.
      —¡Bastante tuviste que ver tú!
    Le resultó graciosa la acusación. Quiso terminar de una vez la conversación, tenía demasiado trabajo allí abajo.
   —Sí, mi ayuda sirvió, pero fue mucho peor la inocente vida que te llevaste por delante. El cuerpo de aquel niño de seis años que terminó entre las ruedas de tu coche, llorando y pidiendo la ayuda de su mamá, fue en realidad tu condena.
    No recordaba ese final porque no vi al chiquillo, pero tras esa declaración, si es verdad que me vino a la cabeza los gritos de angustia de una madre que veía como su hijo jamás volvería a estar entre sus brazos. Justo en ese momento fue cuando acepté mi penitencia, era imperdonable todo lo sucedido. Me sentí muy sucio. Mis penas acabaron por destrozar a una familia que nada tenía que ver conmigo.
       —¿Y ahora qué?  —pregunté humillado.
       Me hizo una indicación con su aura de fuego.
     —Ponte en la cola, aquí en el infierno tampoco nos libramos de ella —volvió a reír por última vez, mientras regresaba a su puesto.

    Respiré por última vez lo que fue la sensación de libertad. Miré hacia arriba, esperando encontrarme con el claro del cielo. ¡Una vez más fui un tonto! No habían nubes, ni estrellas; el fuego se extendía por todas partes de aquel lugar. Empecé a andar,  tras cada paso fui perdiendo todo lo que me quedaba de humano: mi cuerpo terminó por descomponerse. Cuando llegué al sitio, me convertí en una figura de fuego, pudiente y podrida como el resto. No fue el fin, sino el principio de una eterna agonía que tenida merecida por un último trago que jamás debí haber dado.