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miércoles, 2 de diciembre de 2015

EL ÚLTIMO TXUPINAZO

Se sentía emocionalmente perdida. Todavía no había asimilado la mala noticia de que su novio, Lorenzo, tuviera que regresar a Madrid y permanecer allí de forma indefinida para cuidar a su viuda madre, enferma de cáncer. Ella no podía ir con él, oficialmente no eran novios. Su padre, un hombre de viejas costumbres, no hubiera aceptado que aquel joven madrileño se convirtiera en el marido de su hija. Llevaban tiempo manteniendo una relación oculta y, a Lorenzo, eso no le hacía ninguna gracia. Él quería que su novia fuera con él y formar allí una familia, pero ella tenía demasiado respeto a su padre, todavía no había cumplido la mayoría de edad. Tal situación fue motivo de discusión para la joven pareja. Ese verano resultó muy desagradable para ambos. Lorenzo lo tenía decidido, a finales de agosto se marcharía con o sin ella. Su madre lo necesitaba.

Toda esta historia coincidió con la Semana Grande de Bilbao. En esa ocasión las fiestas no resultaron muy emotivas. El primer Txupinazo se convirtió en la cuenta atrás  para la despedida. Durante esos días pasaron todo el tiempo que pudieron juntos. Quisieron desgastarse con mutuas miradas. Las caricias de sus dedos  buscaban detalles que sirvieran para captar recuerdos. La última noche sucedió lo que nunca antes había ocurrido. Estaban sentados junto  a la ría, bajo el Puente Colgante:

—Quiero que me ames, Lorenzo.
—Ya lo hago, no he dejado de hacerlo en ningún momento.
—No me refiero a eso, ya sabes…
—¿Realmente quieres hacerlo? Yo no quiero obligarte a nada.
—No me siento obligada. Te amo,  y si no puedo ir contigo a Madrid de una forma, lo haré de esta otra. Quiero que de mí te lleves el mejor recuerdo contigo. Quiero que nunca me olvides.
— Sabes que nunca lo haré.

Se besaron y escaparon del lugar andando lentamente. Terminaron en la habitación de una pequeña pensión, en el centro de Bilbao. Lo que allí ocurrió fue lo más evidente entre dos personas que se aman con locura y ven que el tiempo se agota. Compartían besos sobre la cama cuando ella se levantó para ir al baño.  Lorenzo quedó tumbado bocarriba, mirando la desgastada pintura del techo. Aprovechó la ocasión para compararla con su vida. Se sintió demacrado por la mala suerte que corría. Al reincorporarse pudo ver que su novia salía del baño. Estaba desnuda al completo, era la primera vez que la veía así.  Le pareció la musa de un fresco artístico de esos que se pueden ver en los museos, con la única  diferencia de que ella mejoraba la silueta de cualquier modelo de antaño. Se acercó hasta él y con un ligero empujón lo tumbó.

Una de las mejores experiencias de sus vidas ocurrió allí, en la cama. Ella quedó sobre él, regalando a su amado aquellos esbeltos pechos. Lorenzo quedó paralizado, no reaccionó hasta que recibió el primer beso.  Se quitó con calma la camisa  y quedó al descubierto un fuerte  torso masculino. Entonces, la volteó dejándola debajo de él. Acercó su boca hasta el cuello, lo mordisqueó con delicadeza. Ella soltó un leve gemido, «adelante mi amor».  Entre fricciones y sudor el reloj corrió más rápido de lo normal, se convirtió en un bastardo. Cuando terminaron de conocerse al completo quedaron abrazados sobre la cama, adormilados.

El último Txupinazo sonó a las siete en punto de la mañana. A ella, el cansancio la venció y quedó dormida. Lorenzo se levantó, besó con delicadeza los labios de su amada. No quiso despertarla. Escribió una nota en un trozo de papel, el cual dejó sobre la mesilla: «Espérame, prometo regresar a por ti».  Desapareció por la puerta, cabizbajo, pero con intención de volver más adelante y luchar por ella, sólo era cuestión de tiempo. Ese último cohete que explotó no fue el final, sino el principio de una bonita historia. No era precisamente pólvora lo que llevaba, estaba cargado de amor.