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viernes, 5 de junio de 2015

LA MALETA DE PACA

Apenas habían pasado unas horas desde que su madre yacía tras un frío nicho y se vio en la necesidad de dejar la casa del pueblo completamente organizada antes de regresar a su rutinaria vida en la capital. Mientras su mujer se encargaba de quitar el polvo a los muebles y empaquetar los objetos de más va­lor, él, sentado sobre una vieja silla de esparto quedó mirando las humedades de las paredes. Recordó como antaño su viuda madre se encargaba del mantenimiento del hogar. Pese su intención de querer ayudarla en todo momento, ella siempre le quitó la mayoría de las incomodidades. A su anciana madre no le hubiera gustado ver la corrosión en las paredes y sintió un impulso irrefrenable de repararlas.

Se dirigió al altillo de la casa para buscar herramientas y algo de pintura con la que maquillar los desperfectos. El hecho de entrar por la puerta y ver el perfecto orden que había en el cuarto, le hizo recordar las regañinas que le daba su madre cuando solía jugar allí de niño. Siempre le dijo que allí guardaba cosas muy valiosas pero él tan sólo veía objetos inútiles llenos de polvo. Ahora, adulto y ante aquella magnífica colección de objetos, se daba cuenta de lo que quería decir su madre, todas aquellas cosas tenían un valor sentimental y servían para rescatar re­cuerdos del olvido.

Observó que sobre lo alto de una estantería había botes que parecían ser de pintura, se acercó hasta allí y al intentar coger uno de ellos hizo caer una vieja maleta a tierra. El impacto provocó una gran nube de polvo que tardó unos segundos en aposentarse. El aspecto antiguo y delicado de la maleta le llamó enseguida la atención; creyó no haberla visto nunca y eso au­mentó su curiosidad por ver lo que contenía. Le costó desatar las dos cuerdas que estaban puestas como un seguro extra y luego retiró los anclajes para dejar al descubierto el contenido. La maleta estaba repleta de cartas. No tardó en extraer un par de ellas y se emocionó al ver que eran escritos de puño y letra de su padre, al que nunca llegó a conocer. El agradable descu­brimiento hizo que se olvidara del motivo por el que estaba allí y se sentó en una mecedora con intención de leer algunas de las cartas. Ojeó selectivamente las fechas y encontró una posterior a su nacimiento. Abrió el amarillento sobre y extrajo el papel que empezó a leer con mucha dedicación:

 «Mi querida y amada Paca:

Me alegra que no hayas traído al niño en tu visita de hoy, me supone un gran dolor verlo y no poder besar­lo. Siento haberme mostrado tan triste y poco receptivo, pero en esta carta te lo explico todo. Tras estos muros que nos privan de nuestra merecida libertad tan sólo se respira la muerte. Intuyo que apenas me quedan unas ho­ras de vida y te escribo la presente para despedirme de todos vosotros. Quiere el tan caprichoso destino quitarme la felicidad que venía gozando desde el día que te conocí y privarme de ver crecer a mi pequeño y tan amado hijo. Me amarga tener que dejar este mundo a sabiendas que el pequeño Gerardito no va a poder disfrutar jamás de su padre. Paca, educa al chaval lo mejor que te sea posible y dale dos enormes besos el próximo 24 de abril, día en el que cumple sus dos primeros añitos de vida. ¡Dios quiera que mi muerte y la de los demás sirvan para que nuestras familias vivan por muchos años! Hazme un favor, dile a mi madre y hermanos que los llevo con mi mente a la tumba, que siem­pre los tuve presentes en estos fríos calabozos, que les pido por favor que te echen una mano para sacar al niño adelante Y a ti, mi amor, ¿qué te voy a decir? Que te amo y lo haré eternamente donde quiera que esté. Recibe junto mi último abrazo la fotografía que te adjunto en el sobre, la única culpable de mantenerme vivo en estos meses de cautiverio. Tómala y guárdala como si fuera mi corazón.

¡Adiós a todos!, ¡Adiós!

Tu esposo Gerardo.»

Buscó dentro del sobre y encontró una desgastada foto­grafía en blanco y negro. Le alegró comprobar que se trataba de un típico retrato familiar de la época, en la que él aparecía en brazos de sus padres. Empezó a notar como la melancolía aplas­taba sus lagrimales. Examinó detenidamente la fotografía y se dio cuenta que en la parte posterior había algo escrito: «A mi mujer Paca e hijo Gerardo, ¡Tened en cuenta que os amo!»

Sus ojos ya no pudieron aguantar la presión y explotaron en lágrimas, las cristalinas gotas humedecieron la estampa. Besó el cartón como si se hubiera tratado de los rostros de sus pa­dres y mencionó sus nombres en alto intentando homenajearlos. Se enorgulleció de ambos, de su padre por haber sido víctima de la represión franquista y de su madre por haber logrado con­seguir el coraje suficiente como para criar a su hijo en suma soledad. No era un hombre de creencias religiosas, pero en ese momento la fe invadió su corazón y creyó oportuno considerar que al final sus padres se habían re-encontrado en algún lugar. El hecho de imaginarlos una vez más juntos le causó verdadera alegría. Se secó las lágrimas con las que había obsequiado la me­moria de sus padres y guardó a buen recaudo la vieja fotografía.

Echó la carta que acaba de leer dentro de la maleta y la volvió a cerrar, aunque dejó la misma a la vista para ojear el resto de las cartas más tarde, pues estimó que primero debía de arreglar los desperfectos de las paredes de la casa. No quiso que el dete­rioro se viera reflejado en aquel hogar que, con tanto sacrificio, habían logrado sus padres.