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viernes, 29 de mayo de 2015

UN ALMA EN EL PARAÍSO


Nunca creyó en el amor, siempre fue hombre de muchas mujeres, pero esa mañana de abril conoció a una persona que le iba a hacer cambiar de opinión. Paola era una rubia encantadora, su acento delataba que era brasileña. Un descuido provocó que no sólo sus coches chocaran, sus miradas tampoco se libraron del golpe y se cruzaron. Sintieron atracción mutua; lejos del pa­peleo, se intercambiaron los números de teléfono. Él pensó que unos simples arañazos en la chapa del coche valieron la pena por haberse topado con ella, quien probablemente podía ser la mujer de su vida.
 
Pasaron los días y no tardaron en ponerse en contacto. Él le envió un ramo de rosas a la dirección que aparecía en el parte amistoso de accidente, y Paola respondió al romántico detalle con una llamada de teléfono. Acordaron en verse un sábado, ambos lo deseaban.
 
Fue una gran velada. Él cenó con vino y ella con agua mi­neral. No bebía alcohol, pero se reservó un trago para brindar con cava por aquella ocasión. Después de la cena, la acompañó paseando hasta casa. Aprovechó el agradable momento para in­terrogarla más a fondo sobre su vida íntima. Cuando escuchó aquellas halagadoras palabras que decían lo preciosa que era, se sonrojó. Llegó el momento de la despedida; una vez más quedaron enlazados por la mirada. Se cogieron de las manos y él intentó robarle un beso. Paola echó la cabeza hacia atrás alejando los labios para que no se tocaran. Parecía que no se sentía cómoda y pronto mostró su nerviosismo. El hombre se excusó diciendo que no había querido forzar la situación, y ella le restó importancia. No se sentía ofendida, pero le hizo ver que era demasiado tarde.
 
Sus ojos se apartaron de la mirada, perdidos entre inse­guridad y frustración. Entendió que no le había gustado el intento de besarla. Creyó que no le había ofrecido una buena imagen, por lo que no volvió a llamarla. Al cabo de unos días se llevó una grata sorpresa, era Paola la que se había decidido a llamarlo. Se excusó por cómo había terminado la cita, pero él no le dio importancia. En esta ocasión fue ella la que insistió en que se volvieran a ver, y así lo hicieron.
 
Otra vez un sábado fue el cómplice. Esa segunda ocasión les valió para abrirse más el corazón, se dejaron de tanteos y se adentraron en lo que cada uno creyó más personal.
 
Sin duda esa noche resultó ser gratificante, los labios de Paola compensaron el beso perdido de la noche anterior. Fue el inicio de una relación sentimental. Conforme pasaron los días la pareja empezó a conocerse más, pero nunca del todo bien. Él, en más de una ocasión intuyó que Paola escondía algo. Tras varios meses no habían conseguido intimar del todo, los juegos eróticos se limitaban a caricias y sensuales palabras al oído. Nunca los ro­ces llegaron a la meta. Eso hizo que el hombre no aguantara más, quería conocer al completo a esa mujer que le había enamorado, tenía intención de llegar al final del recorrido. Así fue como su­cedió: en un momento de pasión desenfrenada donde los besos abrieron el camino, se decidió a echar la mano a la entrepierna de Paola, pero nunca llegó a su destino. Ella apartó rápidamente la mano provocando que el hombre se enfadara. Creyó que ya estaba bien de juegos y así se lo hizo entender a su amada, pero la mirada perdida de la mujer indicó que algo raro sucedía. Entonces se descubrió el meollo, Paola confesó que se llamaba Paulo Sergio Viola y era tran­sexual. Ella se sentía una mujer atrapada en el cuerpo de un hom­bre. Siempre pensó que su sexo colgando no le pertenecía.
 
Ahí se rompió todo el amor que había existido hasta el mo­mento. Él nunca aceptó el engaño y se lo hizo saber insultándola y despreciándola. Jamás existiría jabón suficiente para limpiar aquella boca, perdió sus modales. Dejó al «maricón» en aquella habitación y salió para siempre de su vida. Ella se sintió como una estúpida al creer que evitando contar la verdad, iba a tenerlo por siempre. Nunca había tenido una vida sencilla y esos meses habían sido para ella el súmmum de la felicidad. Después de aquello, la depresión volvió a caer sobre ella como antaño, y ya nunca se recuperó.
 
Le llevó mucho tiempo asumir lo que le había ocurrido, mucho más de lo que la relación duró. Había pensado tanto, que en un momento de cordura se dio cuenta de lo que había sentido por Paola. Comprendió que ninguna mujer llegó a enamorarlo como ella, y entonces supo que a pesar del engaño, no se había portado bien. Se sintió culpable e inhumano; creyó que era el momento oportu­no de disculparse y decidió llamarla. Marcó el número de teléfono que meses antes se había aprendido de memoria y no tardaron en responder la llamada. La voz que sonó al otro lado del auricular era la de una mujer, pero no la de Paola. Preguntó por ella y un sentimiento de tristeza le recorrió el cuerpo cuando le explica­ron que Paola había muerto durante una intervención quirúrgica en la que pretendía cambiar de sexo. En ese momento supo que el cielo ganaba una bella persona. Seguramente allí no iban a hacer distinción de sexo, sería un alma más en el paraíso.
 
 
 
EXTRAÍDO DEL LIBRO: "HISTORIAS DESDE LA ALMOHADA"
(c) Javier García Martínez | www.xavivi.es