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lunes, 11 de mayo de 2015

PRELUDIO

Me entregaron a Dios sin yo quererlo; después de haber tenido que soportar insultos tan despreciables como «puta». ¡No! No es justo ese calificativo, porque yo estaba enamorada de un hombre al que mis padres no eligieron. Un joven apuesto, honrado, educado, y en realidad tan pobre que sus duras jornadas de campo apenas le daban para comer. Aunque a mí no me importó tal detalle, mis padres no pensaron lo mismo, e intentaron quitar a Rafael de mi camino; primero le dijeron que me habían esposado con el hijo de don Leandro Rojo, el propietario de «La Alacena», la mayor fábrica de azulejos de la comarca, y es cierto que lo intentaron en más de una ocasión. En un principio mi amado se mostró decepcionado, pero al enterarse de que yo no consentía ese enlace, logró sacar el valor suficiente como para seguir luchando por mí. La segunda vez que intentaron separarnos fue mucho más violenta. Ocurrió después de que nuestros cuerpos furtivos se amaban en secreto; el clímax nunca llegó, pues nos encontraron bajo el cobijo de una enorme higuera, mientras dos cuerpos se unían en uno solo. Un primer disparo interrumpió nuestro deseo; el segundo fue a parar a la pierna de Rafael, mientras desnudo huía a través del campo. Al día siguiente mis lágrimas no sirvieron para limpiar mi honra, y mis padres me repudiaron al olvido con tan sólo diecisiete años. Creyeron que mi servicio a Dios serviría para limpiar la enorme vergüenza, que según ellos, había hecho sufrir a la familia. Tras mi última lágrima y sin el perdón de mis padres, todo me dio lo mismo, porque al séptimo día de ingresar en el convento, encontré mi liberación; el descanso deseado.