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sábado, 11 de abril de 2015

EL LEÓN QUE ARDE

EL LEÓN QUE ARDE


«Pingüinos en la cama»
— Ricardo Arjona —

Daniel acudió a la reunión que tenía con Pablo, su editor. En más de dos años no le había entregado ningún proyecto literario, ni tan siquiera un folio para  apaciguar el ansia de su colega. Tomó asiento confiado en su escritura e ilusionado con su nueva obra: «El León Cobarde». Pablo mostró un semblante dudoso. Cogió una jarra de cristal llena de agua y se sirvió en un vaso. Antes de empezar a hablar pegó un pequeño sorbo. «El León Cobarde. ¡No me jodas, Daniel!», dijo con desprecio.  El escritor se mostró asombrado, llevaba muchos años trabajando para Pablo y era la primera vez que menospreciaba una de sus obras. No se defendió, tuvo paciencia y escuchó cada uno de los argumentos de su editor: «El título suena a cuento de niños, cuando en realidad, detrás de él hay una historia con una absurda moraleja para adultos. Daniel, el mercado ha cambiado. Ahora se vende lo romántico, con su punta de chispa. ¿A caso no has leído 50 sombras de Grey? ¿Dónde has estado metido todo este tiempo? Debes de ceñirte a nuestra nueva línea editorial, la romántico-erótica».

         Salió de la reunión asqueado. ¿Cómo podía decir que El León Cobarde era una historia absurda? El texto en sí era pura literatura, incluía una parábola con la que pretendía enriquecer al lector. Ya no entendía nada, todo era cuestión de marketing. Cuando llegó a casa se echó sobre el sofá. Empezó a meditar sobre escribir algo nuevo, renovado, ajustándose a la nueva línea editorial, conforme le había sugerido Pablo. «¿Y qué carajos sé yo de erótica?», pensó mientras guardaba a su «León» en un cajón del escritorio. Sacó un folio en blanco, y lo tituló con el texto «Documentación Erótica», pretendía escribir ahí una serie de etiquetas y datos sobre el erotismo, le iba a servir para tramar una historia calenturienta.  En primer lugar fue a rebuscar en la cómoda. Buscaba prendas íntimas de su mujer que le transmitieran algo de erotismo para tomar nota de ello, pero lo que allí encontró no le causó buena impresión: las bragas que sostenía le recordaron a la estopa utilizada por  los mecánicos en los talleres. Salió con ellas en las manos, buscando a Sofía, su mujer. Ella estaba en la cocina, veía una telenovela mientras fileteaba trozos de carne. «¿Con este trapo pretendes excitarme?», le preguntó Daniel sonriendo. Se acercó hasta él y le dijo al oído: «Esas braguitas las utilizo cuando tengo la menstruación. El arsenal lo tengo guardado», se rio. Daniel apartó un instante la vista hacia la televisión. La protagonista de la telenovela era una hermosa morena, con unos pechos tan exuberantes que podían explotar dentro del diminuto vestido. Eso sí le resultaba erótico,  e hizo un apunte mental para después anotarlo en el folio. Sofía se dio cuenta de la mirada lasciva de su marido. Cogió el control remoto de la televisión y la apagó. «¿Qué haces?», a Daniel pareció molestarle. Se acercó hasta él, le besuqueó el cuello. Tiró con fuerza de los botones de la camisa de su marido, la rompió. No le importó destrozarla, era un regalo de su suegra y no le gustaba por este simple detalle. El gesto excitó a su marido, quien no perdía detalle. Ella se quitó la camiseta de Snoopy que utilizaba para estar por casa, luego se deshizo del sostén. Aparecieron dos enormes pechos, «¿Y esto te excita?», preguntó ella. Él no contestó, su amigo lo hizo en su nombre. Sofía no fue mal educada, y fue a saludarlo. Bajó los pantalones a Daniel. Con los dientes hizo el resto, quitó los calzones de en medio y dejó desnudo a su marido. «Bienvenido», pensó ella mientras le dio dos besos húmedos. Atrapó el miembro con la boca, lo meneó hasta notarlo completamente rígido en su garganta. Luego lo llevó hasta sus pechos,  allí quedó prisionero. El placer le hizo olvidarse por completo de su folio de anotaciones. Simplemente estaba gozando, hacía demasiado tiempo que no surgía una relación así entre ellos, y debía aprovecharlo. Ahora fue él quien quiso llevar la iniciativa. Levantó a su mujer,  la colocó sobre la encimera de mármol. Cuando le quitó la ropa vio unas braguitas muy diferentes a las que había encontrado poco antes. El sexo estaba recubierto por un vello perfectamente recortado, se sorprendió por ese motivo, hacía mucho tiempo que no tocaba a su mujer. Lamió con delicadeza toda la zona, se aseguró de dejarla lista para entrar allí. Lo hizo, entró. Ella jadeaba de placer, él hacía lo mismo al salir. Ambos encontraron el ritmo adecuado para disfrutar conjuntamente. Tras unos minutos de intercambio de abrazos y sudor, vieron que el lugar no era el correcto para gozar al máximo. Daniel llevó a su mujer en brazos hasta la habitación. Allí terminó el agradable encuentro y dio lugar al inicio de una nueva novela. Daniel la tituló: «El León que arde». No tenía ni puñetera idea de quien era Grey, ni de sus cincuentas sombras, pero estaba decidido a convertirse en escritor de novelas eróticas. Pediría ayuda a su mujer, todas las noches se documentaría hasta el fondo, ante todo era un profesional. Eso sí, estaba empeñado en su «León», aunque no le importó cambiar la moraleja por los orgasmos.