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martes, 10 de febrero de 2015

EL AMIGO INSERVIBLE


Las lágrimas no le sirvieron de consuelo. Cada una de ellas era el inicio de otra nueva. De nada le sirvió fijar su mirada en la pared, en aquella diminuta gota que decoraba la habitación. Ninguna de esas cosas le valió para olvidar su trágica situación. Despegó la vista de la pared y cayó a tierra, junto a la botella de whisky que perezosamente esperaba ser cogida de nuevo para empalagar y quemar la garganta de aquel hombre destrozado. Irremediablemente así fue, la débil mano la agarró por el cuello y se la llevó a los labios. El hombre no paró de beber, quiso hacerlo pero no pudo. En apariencia no tenía ningún motivo por el que destrozar de tal manera su vida, pero sintió que aquel envejecido brebaje era su más íntimo amigo. Creyó que sus penas y desgracias desaparecían a cada trago, pero su mente ya no razonaba, poco a poco iba dejando su verdadero ser para convertirse en pura furia; la bestia empezaba a despertar. Cuando sintió irritada la garganta paró el largo trago y lanzó la botella contra la pared. Poco le importó el destrozo que hizo en la misma y aún menos el daño que se estaba haciendo. En ese instante solamente pensó en que su amigo Juan Bautista, conforme llamaba a la botella de whisky, también lo había abandonado. En un momento de lucidez recapacitó en lo que estaba haciendo y se dio asco. Volvió a llorar de rabia e impotencia, jurando que jamás volvería a hacerlo. Él mismo sabía que no iba a ser así, Juan Bautista le hacía ver que la vida era sencilla y a él siempre le gustaron las cosas fáciles.