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miércoles, 12 de noviembre de 2014

DESALOJANDO INMUEBLES, ROMPIENDO VIDAS.

Las pocas cosas que tienen están recogidas junto a la entrada. Apenas son dos mochilas y unas bolsas de plástico repletas de ropa. Nada más, todo sin valor. Ella espera sentada en el único sofá de la casa. Está sola en esta angustia. Su marido murió meses atrás en un accidente de tráfico, y desde entonces no pudo pagar el alquiler. 
Sus hijos, pequeños, intuyen que algo ocurre. Los ojos de su mamá no brillan. Ella intenta hacerse fuerte. Se aferra a la última esperanza de que algo eche hacia atrás el desalojo. No tiene lugar adonde ir con sus hijos. Poco antes de las nueve de la mañana, tocan a la puerta mostrando una orden de desahucio. No cumplen ni el horario, se adelantan y no dejan terminar el vaso de leche a los niños.
Ella se echa las dos mochilas a la espalda. Recoge las bolsas, y sus hijos se ponen junto a la madre. Uno a cada lado. Echa un vistazo atrás, hacia el que fue su último hogar. Lo que para ella son los recuerdos de toda una vida, para el casero que está inspeccionando la vivienda tan solo dinero. 
Empiezan a bajar las escaleras ante la curiosa mirada de los vecinos,; se escuchan palabras por lo bajini, que sin remedio se convertirán en un cuchicheo de mercado. Ella no puede echar la vista atrás, porque ahí es donde deja toda su vida. Al salir del portal, se convierte en un cadáver andante.