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martes, 12 de agosto de 2014

LA VIEJA MELLADA

En nuestra niñez, la pandilla siempre consideró que la «Vieja Mellada», la loca de la calle, fue la mala del cuento. Nunca llegamos a entender su carácter confiscatorio, cuando balonazo tras balonazo metíamos gol en su maloliente y descuidado portal. La mujer se las ingeniaba para quitarnos el balón nada más cantábamos un gol. Luego, cuando llegábamos a casa sin la pelota, la regañina era doble por parte de nuestros padres: «Algo le habréis hecho a la pobre Carmen para que os quite la pelota».

Tras perder numerosos balones y dado que nuestros padres no reemplazaban tales afectuosas perdidas, decidimos cambiar de juego. En la canícula veraniega pronto descubrimos los globos de agua que llenábamos en la fuente que había en la calle. Nunca fuimos rácanos en cuanto a su contenido. Nuestro nuevo pasatiempos tampoco pareció gustarle a la «Vieja Mellada», pues cuando sin querer estampábamos alguna de nuestras bombas sobre su puerta, éramos repelidos por su parte a base de cubos de agua. Luego, cuando llegábamos a casa empapados la regañina volvía a ser desproporcionada. Nunca pudimos defendernos ante las acusaciones. Las palabras de una persona adulta prevalecían sobre lo que pudieran decir unos rebeldes mocosos.

«¿Os parece bonito mojaros de tal manera?», y es que el calor abrasante de agosto tampoco servía como argumento para librarse de la regañina.

El caso es que dejamos de jugar. No salía rentable mostrar nuestros quehaceres lúdicos en plena calle. Por algún motivo siempre molestábamos a la puñetera vieja. Gracias a esto la pandilla se vio obligada a dejar los juegos de calle de los magníficos ochenta, entrando en una decadente pubertad rodeado de maquinitas matamarcianos. Las niñas se olvidaron de las combas para ver a los guaperas de la Superpop y los niños nos auto—recluimos en nuestras más secretas habitaciones para ver revistas de desnudos pornográficos heredadas o robadas a algún hermano mayor. El exceso de testosterona era evidente.

Ellos no quisieron verlo, pero la repelente «Vieja Mellada» se cargó aquellos maravillosos años. Ella fue la única culpable de nuestra adolescencia temprana, maduramos a pasos de gigante por su responsabilidad. No en vano, Sabrina Salerno seguramente se alegró de que cinco muchachos más «del carrer de les escaletes dels gats», quedaran atónitos ante su exitoso videoclip «Boys—boys—Boys».