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martes, 19 de agosto de 2014

LA TEORÍA DE LA QUINTA CERVEZA


He de reconocerlo, el viernes la lié gorda. No quiero echarle la culpa a las cervezas que me hice con Alfredo, pero sí que es verdad que “San Miguel” tuvo algo que ver. Ya no recuerdo las birras que tomé, siempre pierdo la cuenta. A partir del tercer tercio, la materia gris de mi cerebro desaparece, y en su lugar se coloca esa blanquecina y amarga espuma: «¡ummmm cerveza!».
Al principio siempre hablamos de lo mismo, de fútbol. Somos hombres, repetitivos y monotemáticos, pero lo interesante siempre ocurre a partir de la quinta cerveza, y es la pura verdad, lo he estudiado, e incluso lo he bautizado como «La teoría de la Quinta Cerveza». Sucede en realidad cuando ya no encontramos fría la botella, cuando simplemente nos la echamos a los labios por pura inercia, y entonces bromeamos con el culo de la camarera: «Si ese culo fuera un cajero automático, la tarjeta debería ser tipo DIN A-4», dice Alfredo descojonándose.
Es verdad, tiene un culo grande, pero en realidad yo no la veo tan mal, no sé, igual son esas enormes tetas que se desbordan por el escote y me hacen verla de diferente manera. Aunque, ¡qué cojones!, eso no es un escote, es un bufet libre con un letrero que dice: «Pase sin llamar».
El marica de Alfredo se retira, al final el mamón no ha rezado la media docena a «San Miguel», y le hago ver que ese pecado le va a salir caro: él paga. El calzonazos se pira, pero la puerta de salida le queda pequeña, menuda hostia se da contra ella. Con seguridad tardaré meses en volver a verlo, su mujer lo tiene absorbido. Entonces me siento bien, libre. No tengo pareja ni tengo previsto encontrarla, soy informático y aplico la primera regla del gremio, de forma muy estricta: «si funciona, para que tocarlo». Empiezo a hacer el gilipollas con los dedos, sobre la mesa, como si estuviera escribiendo con un teclado. La camarera me mira, se ríe. Le devuelvo una sonrisa estúpida, entonces se acerca a mí. «El local no tiene Wifi», me dice con ironía. Resulta que la camarera, aparte de las enormes tetas, tiene otro atributo que compensa el grueso error de su trasero, es muy simpática. «Soy pianista», le digo. «La Teoría de la Quinta Cerveza» no falla, estamos en el paso de las mentiras. De repente ya no soy informático, soy un importante pianista que ha trabajado en el último disco de David Bisbal. Ella no se lo traga, pero a mí me da lo mismo, me sigue la corriente. Si sigue así la cosa, esta noche no dormiré solo, y eso sí que me resulta extraño. Vuelvo a rezarle unas cuantas veces más a «San Miguel», ¿y después?...ya no me acuerdo de nada más.
Lo reconozco, el viernes la lie gorda. Terminé en la cama con la camarera, ¿se llamaba Cristina?, creo que sí, tiene cara de ángel. Levanto las sábanas y veo que está completamente desnuda. Es guapa, muy guapa, y aunque en realidad tiene un enorme culo, me gusta. Me levanto rápido para prepararle un sugerente desayuno. Se lo llevo a la cama. Busco entre mis juguetes, de cuando era pequeño, y encuentro un diminuto teclado musical. La despierto, y cuando sus ojos se abren, me ve haciendo el gilipollas tocando el piano. Suena el «Cumpleaños Feliz», no sé tocar otra cosa. Me mira, se ríe, me besa, y entonces mi mirada se refleja en sus ojos. Tengo cara de anormal, nunca antes me había visto así. Me invita a volver a la cama con ella, y antes de hacerlo me doy cuenta de que no existe hombre duro en mí, toda mi coraza se trata de un disfraz que me inventé para no verme solo. Ahora ya no lo estoy, me encanta Cristina, ¿estaré enamorado? Pienso descubrirlo poco a poco, quiero ganármela. «¡A la mierda la “Teoría de la Quinta Cerveza!”», pienso mientras me tiro sobre la cama buscando mi pastelito. De repente me he vuelto un glotón.