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martes, 16 de abril de 2013

«DUELO A MUERTE»



Sir Andrew Hopkins se enteró de que su mujer, Sara De Guzmán, una bella y joven mujer de sangre española, había roto su fidelidad engañándolo con el atractivo herrero del pueblo. Sin pensarlo, se presentó en la herrería y utilizó su guante de cuero para abofetear al «caradura». Pese a su gran tamaño, Sir Andrew no se amedrentó, lo retó en duelo a muerte. Como buen caballero, dejó escoger el arma a su adversario, quien eligió la pistola como medio para poner fin a la ridícula historia de faldas en la que se había metido. Pactaron que a las seis en punto de la tarde, en la Plaza Mayor y ante la atenta mirada de todo el pueblo, uno de los dos moriría. No fue su estúpido orgullo inglés quien le hizo meterse en aquella locura, sino el amor que sentía por su mujer, a la que había perdido ante el imponente atractivo del herrero. Eso fue lo que desató su ira, saber que Sara ya no lo quería, había encontrado a otro a quien regalarle su corazón.

Pronto llegó el último sorbo de té, y con él, el fatal encuentro. La plaza estaba llena de curiosos. Mientras las mujeres presentes chismorreaban sobre la «ligereza» de la española, los hombres hacían sus apuestas. Debido a que se usaban armas de fuego, cualquiera de los dos podía proclamarse vencedor. Curiosa era la escena ver sudar de los nervios al fornido herrero. La imagen de Sir Andrew era bien diferente: un hombre menudo, sin nervios aparentes y seguro de lo que estaba haciendo. Entonces ambos acordaron que caminarían de espaldas el uno al otro y al quinto paso se girarían descargando sus armas. La rapidez y la puntería serían las encargadas de poner justicia en el duelo. Tras darse la mano aceptando el acuerdo, se pusieron de forma que sus espaldas se tocaron. Antes de empezar la cuenta, echó una última ojeada a su mujer. Pese al engaño, la seguía amando. Los pasos comenzaron: uno, volvió a pensar en Sara. Dos, recordó cuando la conoció años atrás en
España, en un patio granadino plagado de hermosas plantas. Tres, se enamoró locamente de ella, por eso estaba cometiendo ahora mismo esa locura. Cuatro, recordó la sonrisa contagiosa de Sara, creyó que no era justo quitarle la felicidad de esa manera y entonces pensó lo peor. Cinco, se giraron ambos contrincantes con las pistolas apuntándose el uno al otro, pero ninguno de los dos disparó. Entonces el inglés giró la vista hacia su mujer: «Te mereces ser feliz», gritó al tiempo que puso la pistola en su sien y apretó el gatillo. Una vez desapareció la nube de pólvora, se vio el cuerpo del caballero yaciendo en tierra con la cabeza volada, envuelto en un charco de sangre y con los sesos desparramados por el suelo. Sir Andrew, en vida fue físicamente poca cosa, pero ante todo siempre resultó ser un noble caballero inglés.