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sábado, 13 de abril de 2013

CARAPAPEL 01 - Diálogo con el doctor

El miedo de su víctima le resultaba placentero. Mientras el doctor, amordazado, se quejaba del dolor de las ataduras, él estaba entretenido quitándose la porquería que tenía entre las uñas con un afilado cuchillo.

—No se acuerda de mí ¿Verdad doctor? 
Hizo una pequeña pausa. Seguía limpiándose con la afilada hoja.
Quizá deba refrescarle la memoria. ¿Le suena «Bidromex»? 

La víctima se sobresaltó al escuchar la palabra.

Se acercó hasta su presa y la cogió con fuerza por el pelo.

Toda la culpa es suya —le dijo al doctor, quién no parecía entender nada. Usted me ha convertido en lo que soy, un monstruo.

Puso el cuchillo sobre la mordaza. Lo hincó, y con fuerza trazó una linea horizontal sobre la boca del doctor. La violencia del gesto  provocó un grave corte. El preso gritó de dolor. Entonces al carnicero se le ocurrió quitarle la mordaza y al hacerlo se desprendió parte del labio superior. El corte se lo había arrancado de cuajo. Pese al insoportable dolor, el doctor habló:

—No sé quién eres. Si quieres dinero, tengo mucho. Déjame libre —su voz demostraba mucho miedo. Aquel loco había demostrado con creces que era extremadamente violento.
—Es gracioso. Ustedes los ricos lo arreglan todo con talones. ¿No se da cuenta de que esto no tiene nada que ver con dinero? Es mucho más sencillo. Se llama justicia.
—No soy rico. Sólo soy un doctor que se gana la vida buscando soluciones para enfermedades.
—¿Llama solución al «Bidromex»? —le gritó en el oído derecho—. Porque yo no lo veo así...
—¿Cómo sabe lo del medicamento bioregeneratorio? —interrumpió el doctor—. Era algo experimental bajo secreto y supervisión del laboratorio.
—Veo que va refrescando la memoria, doctor. Le voy a enseñar algo. Quizá así lo recuerde todo, porque la verdad, ya me estoy cansando de tanto juego —se echó la mano a la cabeza y se quitó la bolsa de papel que le cubría el rostro—.

Cuando su cara quedó al descubierto, el doctor solo vio una masa de grasa indefinida. No se sabía donde empezaban los ojos ni donde estaban la nariz o la boca. En realidad era un un rostro más bien típico de un escena de muertos vivientes.

—¿No le gusta lo que ve, doctor? —gritó enfadado—. ¡Esta cara es su obra de arte! Fui la cobaya de su experimento —la confesión despejó la mente del doctor.

—¿Tom? —preguntó sorprendido a la vez que asustado.

Antes de que recibiera respuesta a su pregunta, el agresor le propinó un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura del cuchillo. Quedó inconsciente. Carapapel se iba a tomar debido tiempo para consumar su venganza.